Arcadio y los contenedores. Así me dijeron Ayer Pompis Y Daniel. No recuerdo quién de los dos lo sugirió primero.
Lo que sé, es que contínuamente hacian hincapie sobre la frase.
Alguno de los dos dijó:
- Tiene que ser un título.
Arcadio, no es Buendía. De hecho fue de las primeras cosas que nos comentamos. Yo le dije:
- No me gusta que me llamen por mi nombre completo. Sólo (lu).
- No me gusta que hagan bromas con mi nombre.
- No lo había pensado. Recien se me acaba de ocurrir.
Toca el piano. Es lo primero que pienso si pienso en él. Sus dedos torpemente clavando las teclas.
Un sin fin de ruidos simultáneos en su sala de estar. De fondo, suena una música distinta en el aparador a la que toca en el piano. Al mismo tiempo, el bip del timer que le marca el tiempo.
Y un poco más atrás una misa se sucede en el pueblo.
El continúa repitiendo ejercicios en su piano rosado. Un poco surreal y cliché, una estatuilla de (Lu)dwig van Beethoben se sostiene encima del piano. Vuelve a empezar el ejercicio. Me gusta que se equivoque, es contemplar un proceso de aprendizaje complejo del cual no entiendo mucho.
El caos sonor me envuelve mientras que intento hacer algo con él en mi cabeza. De fondo las señoras del pueblo contínuan: Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.
Tiene un aura rara. Está tranquilo, calmo, y en eso guarda una especie de caballero en armadura. Es una atracción platónica.
Entonces me despierto del recuerdo entre un monton de contenedores con un jugo de pepino en la mano.
- Si, el título tiene que ser Arcadio y los contenedores.
Estamos en una plaza de conteiners, que en su interior alojan pequeños bares. Están hablando de Lizzete y me sonrío.
Pero no es Lizette y los contenedores. Entonces, esbozo unos comentarios sobre Arcadio, sobre lo que me contó y sobre todo, como me rescató mientras andaba perdida y herida por Puebla. Ya era la quinta vez que contaba porque estaba acá. Y lo mejor de la historia era Arcadio y los contenedores. Porque al fin y al cabo, en un (lu)gar tan grande, habían sido las únicas dos cosas que más o menos había conocido bien. Ahora me dedicaba a conocer a Pompi y a Daniel. Los tres en la terraza de un contenedor.
Entonces vuelvo a recordar a Arcadio. Prendo un cigarro y me acuerdo de sus cigarros indués. Los fuma delicadamente, para él estos cigarritos en hoja de palma importados, hechos de tabaco puro son realmente una delicadesa. Expira un humo suave y al probarlos se siente un humo limpio, sabroso, con requejos de madera. Los cigarros me impactaron por que su envoltorio era del mismo color que su piano y su sabor bien noble como sus gestos.
Daniel me dijó que debería de escribir todo… dijó después que quería que escribiera para su proyecto. En lo que termine pensando es en la faltas de ortografías que cometo porque mi verborragia mental es más rápida de lo que pueden escribir mis dedos. Me salteo las comas… entonces qué onda? Y bueno a comerla.
















